Turquía | El análisis de Wallerstein y sus impases: de la retórica a la realidad

  1. Wallerstein murió el 31 de agosto de este año. Él expuso algunas ideas interesantes. Trotsky, al calificar a la Unión Soviética —que era un estado de la dictadura del proletariado— como un “estado obrero burocrático”, culpó únicamente a Stalin y a la “burocracia del estalinismo”. Sin embargo, al referirse al “burocratismo” e incluir a Lenin, Wallerstein fue más allá y tuvo un rechazo total. ¿Socialismo? Para él, nunca había existido, ¡y lo que se llamó “socialismo” de hecho era algo dentro del contexto del capitalismo!

Con sus puntos de vista interesantes, merece un análisis póstumo.

 

PRÓLOGO

 

Como es sabido, esos años en los que el socialismo sufrió una derrota temporal también representaron un período en el que la teoría marxista–leninista fue atacada. Los ataques se basaron en un razonamiento simple: el socialismo fue derrotado, por lo tanto su teoría debe haber quedado invalidada.

Este período tuvo graves efectos ideológicos y políticos destructivos en los círculos socialistas de izquierda, llevándolos a huir de la teoría marxista–leninista, en busca de varias ideas desde el anarquismo hacia la nueva izquierda. Fue en este período que el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein destacó con su análisis sobre el “sistema mundo”. Sus escritos e ideas, en algún momento, también fueron muy mencionados por algunos círculos en Turquía, especialmente el movimiento nacional kurdo y la izquierda liberal.

Wallerstein formuló sus críticas a la vieja izquierda (marxismo–leninismo) y sus ideas sobre la nueva izquierda en sus escritos en el período 1990–93, justo después de la desintegración de la URSS y el bloque oriental. Reunió estos artículos en 1995 en su libro After Liberalism, en el que criticó el sistema capitalista mundial y abogó por la posibilidad de un sistema mundial más democrático e igualitario.

Sin embargo, no solo criticaba al capitalismo. Argumentó que en 1989 no colapsó el comunismo sino el liberalismo, aunque en primera instancia puede sonar agradable, pero afirmó que el socialismo soviético (y el leninismo) era una versión del sistema capitalista mundial (liberalismo). Luego pasó de la “crítica del socialismo” a la negación de la idea de la revolución marxista–leninista y el poder político. Negando que la contradicción entre trabajo y capital sea la contradicción fundamental que caracteriza el sistema, equiparó la lucha de clases con las luchas de carácter étnico, de género, religioso, ecológico, etc. Al rechazar la lucha organizada, en nombre de rechazar la jerarquía (y porque no hay poder para apoderarse), su respuesta no fue clara a las preguntas de cómo se “transformaría” el sistema, con qué “sujetos” y cuáles serían reemplazados.

Por lo tanto, a pesar de su retórica crítica y su reclamo por la “posibilidad” de un sistema más democrático e igualitario, las ideas de Wallerstein no van más allá de ser un complemento para la ideología burguesa. Por esta razón, un ajuste de cuentas con sus ideas significaría luchar contra la destrucción causada por la ideología burguesa a la ideología y la política socialista de izquierda.

 

Introducción

 

En su “análisis del sistema mundo”, Wallerstein, al igual que todos los autores posmarxistas, establece un nuevo pilar para su análisis, alegando que el marxismo tiene defectos. Para él fueron los Annales, “Escuela de Historiografía Estructuralista”, dirigida por Fernand Braudel, y llamó a “desarrollar una comprensión holística y polifacética, demográfica, geográfica, lingüística, cultural y antropológica de la historiografía”, “superando” al enfoque materialista marxista que consideraba “determinista económico”.

Los estructuralistas consideran que el marxismo es “determinista económico” porque, al analizar las leyes del desarrollo de la sociedad con un enfoque histórico materialista, el marxismo pone el modo y las relaciones de producción en el centro. A nombre de “desarrollar un enfoque holístico de la historiografía”, los estructuralistas equiparan estas leyes con otros factores históricos, culturales, geográficos, demográficos, lingüísticos, etc., que son de importancia secundaria. El abandono de las leyes de desarrollo de las sociedades y la sustitución de las relaciones cubiertas por estas leyes con las relaciones entre factores secundarios para formar un enfoque estructural–holístico conduce inevitablemente al estructuralismo a una comprensión histórico–social positivista. Es esta comprensión positivista la que forma la base de todas las afirmaciones de que la lucha de clases ha perdido importancia y se ha desvanecido, ya que en la actualidad la lucha de clases es relativamente débil y las luchas en las áreas étnica, religiosa, de género, ecológica, etc., salen a flote.

Sin embargo, el punto de partida del marxismo no son las relaciones entre esos factores secundarios: de hecho, dejando de lado los factores geográficos, todos las demás dependen y están determinadas por la base económica material de la sociedad y sus leyes de desarrollo. El marxismo afirma el hecho de que la vida social, política e intelectual de los humanos está determinada por la producción de vida material, que es independiente de su voluntad, y por las relaciones objetivas que se forman a su alrededor.

Al contrario de lo que señala esa crítica, el marxismo no afirma que el factor económico (modo de producción material) es el único determinante. Engels responde a tales críticas con las siguientes palabras: “Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto”.

Por lo tanto, el hecho de que la estructura económica sea la base no significa que los elementos políticos, legales, religiosos, etc. de la superestructura no tengan ningún efecto en el proceso de desarrollo social. Por el contrario, las leyes marxistas del desarrollo de la sociedad nos permiten comprender las condiciones en que ocurren estos elementos y los niveles y límites de sus efectos en los procesos sociales. Por esta razón, el marxismo define las clases sociales y la lucha entre ellas en correspondencia con el lugar que ocupan en el sistema de producción históricamente determinado, sus relaciones con los medios de producción y sus roles en la organización social del trabajo. Sin embargo, quienes afirman que la clase trabajadora ha cambiado de carácter y ha perdido su papel revolucionario, no pueden decir cuál de estos criterios objetivos que determinan las clases han cambiado para la clase trabajadora.

Sin embargo, la tesis primaria del libro de Wallerstein, After Liberalism, quien en gran medida fue influenciado por la concepción estructural / holística de la historia de los Annales, se basa en la afirmación de que “la desintegración de la URSS, el colapso del comunismo y el marxismo–leninismo, que es una fuerza ideológica en el mundo moderno, muestra el colapso del liberalismo en gran medida y que hemos entrado en el mundo ‘posliberal’”. Wallerstein basa su tesis en las siguientes afirmaciones: que, aunque el período comprendido entre 1789 y 1989 fue percibido como un período de lucha entre “tres ideologías” (conservadurismo, liberalismo y socialismo), el liberalismo se había homologado / equiparado así mismo con los otros dos y declaró su hegemonía; que el leninismo, aunque aparentemente se oponía al liberalismo, era de hecho “una de sus formas de realización” y, al defender el derecho de las naciones a la autodeterminación, implementó el “Programa liberal wilsonista”; y que “la revolución de 1968” había invalidado la idea marxista–leninista de revolución y el poder político. De acuerdo con estas afirmaciones, lo que “colapsó” en 1989 “no fue el socialismo sino el liberalismo”. Wallerstein continúa diciendo que lo que es posible “después del liberalismo” no es un mundo sin clases y explotación, sino “un mundo más igualitario y justo”, que significa algo “un poco mejor” que el liberalismo, pero definitivamente una forma o manifestación del capitalismo.

Veamos algunos detalles …

 

I

 

En su libro, en el capítulo titulado “¿Tres ideologías o una? La pseudo batalla de la modernidad”, Wallerstein abre a la discusión de las “tres grandes ideologías” —conservadurismo, liberalismo y socialismo— de los “tiempos modernos”. Sostiene que, aunque “muchas personas creen que hay algunas diferencias fundamentales entre estas ideologías”, hay “desacuerdos sobre cuáles son estas diferencias”, ya que “hay conservadores que no ven diferencias fundamentales entre el liberalismo y el socialismo, los socialistas dicen que liberalismo y conservadurismo son lo mismo, y liberales que argumentan que no existe una diferencia real entre conservadurismo y socialismo”. Para probar su punto, Wallerstein continúa hablando sobre la “prueba” de que hay “reconciliación” entre liberales y socialistas hasta 1830 y entre liberales y conservadores después de 1848. Nuevamente, reduciendo la “diferencia” entre estas “tres ideologías” a su posición sobre la modernidad y el desarrollo, consecuentemente define los puntos diferenciadores entre conservadurismo, liberalismo y socialismo en la siguiente forma: “limitar el peligro tanto como sea posible; darse cuenta de la felicidad del género humano lo más racional posible; o acelerar el proceso por la vía de lucha intensa contra aquellas fuerzas que resisten el avance”. Luego, el autor explica la conclusión a la que llegó como resultado de su análisis con esta pregunta: “En este caso, ¿no sería correcto llegar a la conclusión de que la única ideología real que exhibió su colorido en tres grandes versiones desde 1789 es liberalismo? En los 120 años a partir de 1848, es decir, al menos hasta 1968, bajo aparentemente tres ideologías diferentes en conflicto entre sí, solo una ideología, el ‘liberalismo’ era predominantemente hegemónico”.

¿Cuál es la definición de ideología, entonces? Wallerstein define las “ideologías modernas” como “los caminos que las personas eligen para superar la nueva situación” ante un cambio político cuyo punto de inflexión fue la Revolución Francesa. Sin embargo, incluso esta definición no altera el hecho, como afirmó Marx en su Dieciocho Brumario, de que las ideologías están formadas por diferentes formas de propiedad y por las condiciones de la existencia social. Las diferentes clases y estratos, que Wallerstein desconoce sus distinciones al llamarlas “gente”, tratan de evitar que la “nueva situación” perjudique sus intereses o la usen para sus propios intereses. Esto muestra que diferentes ideologías son, de hecho, “diferentes visiones del mundo” determinadas de acuerdo con los intereses de diferentes clases y estratos sociales.

Marx expresa la lucha entre los dos campos de la ideología burguesa, que Wallerstein divide en dos como “conservadurismo” y “liberalismo”, de la siguiente manera:

“Orleanistas y legitimistas se encontraron en la república los unos junto a los otros y con idénticas pretensiones. Si cada parte quería imponer frente a la otra la restauración de su propia dinastía, esto sólo significaba una cosa: que cada uno de los dos grandes intereses en que se divide la burguesía la propiedad del suelo y el capital aspiraba a restaurar su propia supremacía y la subordinación del otro. Hablamos de dos intereses de la burguesía, pues la gran propiedad del suelo, pese a su coquetería feudal y a su orgullo de casta, estaba completamente aburguesada por el desarrollo de la sociedad moderna.”

Es comprensible que, en defensa de sus intereses, diferentes clases y estratos culpen a otras ideologías sobre la base de sus propias “ideologías”, que el autor describe como “la forma en que superan la nueva situación”. Sin embargo, la incertidumbre a nivel retórico (esto es algo que oculta las diferencias entre “ideologías”, cada una de las cuales afirma defender “los intereses de toda la nación / toda la humanidad”, no solo de “una clase o estrato social”) no cambia el hecho de que las “ideologías” corresponden a diferentes seres sociales e intereses de clase. Por lo tanto, basar el análisis en estas retóricas y llegar a la conclusión de que las diferencias entre estas “ideologías” son vagas, significa negar la existencia de condiciones sociales que determinan estas “ideologías” y la existencia de diferentes intereses de clase.

Obviamente, este enfoque conduce a una relación patas para arriba entre el ser social y el pensamiento (aquí ideología) y reemplaza la ‘esencia’ con la apariencia, en nombre del desarrollo de un enfoque “holístico”. Sin embargo, lo que el autor dijo anteriormente, con respecto al “compromiso” entre liberales y socialistas contra los conservadores antes de 1848 y entre liberales y conservadores contra los socialistas después de 1848, no prueba la vaguedad de las diferencias entre estas “ideologías”, sino que, por el contrario, demuestra la existencia de lucha entre diferentes clases y estratos por sus propios intereses variables. En el período anterior a 1848, cuando la clase obrera estaba débilmente formada, esta y los otros estratos de trabajadores se pusieron del lado de la burguesía industrial contra el feudalismo y su prolongación, la burguesía terrateniente “conservadora”, pero en el período posterior a 1848, cuando la lucha de la clase trabajadora comenzó a crecer, los sectores “conservadores” y “liberales” de la burguesía se unieron contra la clase obrera. Marx explica el “compromiso” entre varios campos burgueses durante la Revolución de 1848 y cómo obtuvieron el apoyo de otros estratos sociales de la siguiente manera:

“Durante las jornadas de junio, todas las clases y todos los partidos se habían unido en un partido del orden frente a la clase proletaria, como partido de la anarquía, del socialismo, del comunismo. Habían “salvado” a la sociedad de “los enemigos de la sociedad”. Habían dado a su ejército como santo y seña los tópicos de la vieja sociedad: “Propiedad, familia, religión y orden”, y gritado a la cruzada contrarrevolucionaria: “¡Bajo este signo, vencerás!”.

Volvamos a decir: Willerstein basa su análisis en la retórica ideológica mientras ignora los intereses de clase que dan forma a esta retórica, cayendo así en el idealismo. Por ejemplo, basándose en su retórica y sin considerar sus objetivos, iguala dos enfoques diferentes de Wilson y Lenin con el derecho de las naciones a la autodeterminación, y cae en un error al decir que el wilsonismo equiparó al leninismo consigo mismo.

Por otro lado, el enfrentamiento entre las facciones “tradicionales” y “liberales” de la burguesía, durante su lucha contra los restos feudales, fue reemplazado por la lucha de todas las facciones burguesas, incluida la aristocracia, unida y “reconciliada” contra la clase trabajadora cuando esta clase comenzó a levantarse contra la burguesía. Como diferentes formas de “ideología burguesa”, el “liberalismo” y el “conservadurismo” se han convertido en diferentes retóricas de la misma ideología utilizadas contra la clase trabajadora. En su período inicial de desarrollo, por ejemplo, los burgueses liberales actuaron junto con la clase trabajadora y otras masas trabajadoras en su lucha contra la Iglesia y la religión, pero cuando la lucha entre la clase trabajadora y la burguesía se intensificó, no se abstuvieron de acercarse a estas instituciones una vez más.

Wallerstein se equivoca nuevamente cuando reduce las diferencias entre ideologías al “ritmo de desarrollo”; De hecho, distorsiona el hecho en preparación de lo que va a argumentar más tarde. En varias ocasiones en su libro, Wallerstein sugiere que la “acumulación de capital” es la razón de ser del capitalismo. Si la acumulación de capital es la razón de ser del capitalismo y el “liberalismo” como su ideología hegemónica, entonces lo que hay detrás de la ideología liberal que prevé un futuro mejor a medida que avanza la sociedad, a medida que aumenta la producción, no es más que su deseo de conquistar el conjunto sociedad al lado de este orden de explotación, y para evitar la rebelión de la clase trabajadora y otros trabajadores en contra de este orden. Por lo tanto, reemplazar la “revolución socialista” con “reformas liberales” y predicar que la sociedad seguirá avanzando de esta manera implica que la diferencia entre las dos ideologías es mucho más que el “ritmo de avance”.

En el análisis de Wallerstein sobre este tema, el modo y las relaciones de producción son ignorados. Esto se debe a que incluso si el liberalismo promete “un futuro más feliz y más libre”, para que esto se materialice, el modo de producción capitalista debe cambiar, así como también las relaciones basadas en la explotación entre la clase obrera y el capital (la clase obrera tiene que contratar su fuerza de trabajo para vivir y la burguesía en posesión de los medios de producción compra esta fuerza de trabajo para acumular capital a través de la producción de la plusvalía). El liberalismo basa toda su retórica en la “cooperación y reconciliación de clases” para la continuación de este orden. Sin embargo, el socialismo prevé un “avance” basado en la eliminación de la propiedad privada capitalista y la contradicción entre el trabajo y el capital, argumentando que la futura sociedad sin clases, sin Estado, libre solo podría ser posible sobre esta base, sobre la base de la lucha de clases. Por lo tanto, lo que determina la diferencia entre liberalismo y socialismo no es el “ritmo de avance”, sino qué intereses de clase social y qué tipo de “transformación” prevén.

II

 

Willerstein no sugiere al azar su tesis mencionada anteriormente. Cuando habla de la “hegemonía absoluta” de la ideología liberal “durante al menos 120 años” (de 1848 a 1968), también afirma que el leninismo fue “domesticado” por la ideología liberal (una de las manifestaciones de esto fue el programa Wilson, los principios expuestos por el presidente de los Estados Unidos Wilson en 1917 cuando declaró la guerra contra Alemania). Esto se debe a que, dice, “el tema clave con el que lidiaron las dos ideologías, el wilsonismo y el leninismo, era el ‘desarrollo nacional’ y sugeriría que el principal desacuerdo entre ellos tenía que ver con el camino hacia este desarrollo”.

Hubo similitudes en las luchas por el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación que está vinculado a diferentes objetivos estratégicos, uno (Wilson) para abrirse al saqueo imperialista y el otro (leninista) a la emancipación de la explotación capitalista imperialista, y Wallerstein basó su “avance” en estas similitudes, y acarició su golpe “fatal” con su descripción del “nuevo papel del leninismo”: Basado en “postulados liberales clásicos” el Wilsonismo “defendió el derecho de las regiones periféricas y semiperiféricas a la autodeterminación”  mientras “Lenin buscaba objetivos políticos similares en relación con el  internacionalismo proletario y el antiimperialismo con consignas completamente diferentes”. Desde la atribución especial de Lenin al “Este” en el Congreso de los Pueblos del Este de la Comintern (1920) en Bakú, Azerbaiyán, Wallerstein plantea un “papel específico” para el marxismo: “El marxismo-leninismo se fue moviendo de sus raíces de ser una teoría del levantamiento proletario contra la burguesía a un nuevo papel con la teoría del antiimperialismo”, “levantamientos”; y de que la independencia “se tomara en lugar de darse”.

Para Wallerstein, había algunas diferencias entre el wilsonismo y el leninismo, ambos considerados “desarrollistas nacionales”, pero tenían que ver con “detalles” más que con la esencia, aunque incluso en su descripción deberían ser los últimos. Los wilsonistas, por ejemplo, estaban por la disolución de las colonias a través de “métodos constitucionales”, es decir, “negociaciones”; los leninistas, por su parte, estaban a favor de los “levantamientos” y de que la independencia “se tomara en lugar de darse”. Además, hubo desacuerdos entre estas dos ideologías con respecto a la “dirección de la lucha por el derecho a la autodeterminación”. Para los wilsonistas era la “burguesía”, y el “partido del tipo bolchevique” para los leninistas. ¡Sin embargo, para Wallerstein, estas diferencias no deberían ser “exageradas” porque no eran más que “caminos diferentes” hacia el “desarrollo nacional”!

Aunque lo que dijo no significa exactamente lo que quiere decir, Wallerstein quería lo que construyó en su mente, en otras palabras, su construcción era apta para sus necesidades.

Wallerstein adoptó el enfoque de Annales que negaba la interacción entre la producción material de la vida y la configuración ideológica–cultural–política de la sociedad en nombre de la erradicación de la “diferencia artificial” entre las ciencias sociales (economía, historia, geografía, antropología, etc.), y vemos el mismo enfoque en su análisis sobre el liberalismo y el leninismo. En primer lugar, aunque la libre competencia, que era la arteria del liberalismo, fue reemplazada por monopolios, y el neoliberalismo ahora era la norma en el campo económico, la continuación de la retórica liberal en el campo ideológico–político fue suficiente para Willerstein para la “absoluta hegemonía” del liberalismo. En relación con esto, el enfoque “holístico” de Wallerstein (tomando el capitalismo como un “todo”), que fue uno de los puntos de partida más importantes de su “Teoría del sistema mundo” niega el hecho de que los monopolios y el imperialismo fueran una etapa del “capitalismo histórico” en aras del “estudio de los ciclos a largo plazo del sistema”.

El liberalismo surgió y se desarrolló como la ideología de la burguesía contra el feudalismo en la era de la “Ilustración” (y más tarde como una ideología de la burguesía industrial contra la burguesía terrateniente y su “conservadurismo”). En el aspecto económico, la burguesía liberal estaba por la liquidación del orden feudal y por la libre competencia; en el ámbito político, por los “derechos fundamentales del individuo desde el nacimiento” en aras de la creación de “individuos libres” para contratar su fuerza de trabajo en lugar de las relaciones feudales de producción que atan al productor (los siervos) a la tierra. Con su bandera de “libertad, igualdad, fraternidad” logró unir a las masas trabajadoras (obreros y campesinos) contra el feudalismo. Según la ideología liberal, el orden social debe basarse en dos principios: la libre competencia (libre empresa) y la libertad del individuo. Para la libre competencia (con el lema “laissez faire-laissez passer”) no debería haber intervención estatal en la economía, ya que ya estaba siendo regulada con la “mano oculta del mercado”.

El capitalismo es un sistema donde la producción se realiza para obtener el máximo beneficio a fin de acumular capital y se basa en la explotación de la fuerza de trabajo (que se ha convertido en una mercancía, que el trabajador tiene que prestar al capitalista, y a través de la cual se produce un “plusvalor”). Sin la explotación de la fuerza de trabajo del trabajador (plusvalía) no es posible que el capitalista tenga ganancias y acumule capital. Por lo tanto, el modo de producción capitalista requiere el encuentro del trabajador que vende su fuerza de trabajo y el capitalista que la contrata durante un cierto período de tiempo, como “individuos libres con los mismos derechos ante la ley”. Son estas relaciones de producción las que requieren que el liberalismo, como ideología burguesa, sea “libertario”, tomando al individuo en su centro contra el feudalismo y el “conservadurismo”. El libre intercambio, es decir, el comercio, y la libertad de contratar la fuerza de trabajo para alimentarse, es decir, para ser explotado. De lo contrario, este enfoque “libertario” del “laissez faireism” que es contrario a la intervención estatal, desde la Revolución de 1848 no se abstiene de pedir la ayuda de la policía, el ejército y el poder judicial del “estado liberal” cuando las acciones de la clase trabajadora se vuelven una amenaza para los intereses burgueses.

La libre competencia es la base del libertarismo liberal; así, un lado de este libertarismo involucra a todos los capitalistas unidos contra los trabajadores para contratar su fuerza de trabajo lo más barata posible y, el otro, una dura competencia entre ellos. Esta competencia lleva a muchos capitalistas a la bancarrota y a la desposeción, como leyes de la función productiva capitalista: desarrollo rápido de fuerzas productivas para maximizar la plusvalía, contradicción entre el desarrollo de fuerzas productivas y el modo de producción basado en la propiedad privada de los medios de producción, esta contradicción conduce a crisis económicas, acumulación capitalista, centralización del capital, etc. “Quien ahora debe ser eliminado no es el trabajador que trabaja para sí mismo, sino el capitalista que explota a muchos trabajadores. Con el funcionamiento de las leyes que la producción capitalista contiene en sí, este despojo se materializa a través de la centralización del capital. Un capitalista siempre se traga a muchos otros”.

Esto significa que. en una determinada etapa del desarrollo de la libre competencia, el capital se concentra en menos manos y conduce al monopolio. Aunque Marx confirmó esta tendencia del capital en sus escritos, no fue posible identificar una “hegemonía absoluta” de los monopolios en su tiempo. Engels escribió sobre este proceso de hegemonía monopolista y, a medida que la producción se concentraba / intensificaba continuamente, a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, un pequeño número de monopolios comenzó a dominar la producción capitalista y, aunque aparentemente las leyes de libre competencia continuaron existiendo, el “viejo capitalismo” fue reemplazado por el capitalismo “monopolista”. Los monopolios dominaron todas las esferas de la economía y esto fue de la mano con la aparición del capital financiero, es decir, el capital industrial se entrelazó con el capital bancario. Así, Lenin describe este “nuevo” capitalismo como la “fase” cuando “el dominio del capital se transformó en el dominio del capital financiero”. El capital financiero no solo aumenta el poder de los capitalistas sino que también les da la oportunidad de controlar mucho más de lo que poseen. Entonces, el imperialismo surgió como una “nueva etapa” del capitalismo cuando en cierta etapa del desarrollo capitalista algunas de sus características fundamentales se convirtieron en sus opuestos (la libre competencia en monopolios).

Con respecto a nuestro tema, lo importante aquí es que en el imperialismo, el capitalismo liberal (libre competencia) dejó su lugar al capitalismo monopolista. En esta era, la continuación del uso de la “retórica liberal”, que consistía en consolidar las bases materiales del capitalismo en la etapa liberal, no significa más que beneficiarse de él como un velo para la expansión monopolista. Esto también causa distorsión en el enfoque de Wallerstein de lo que él llama democracia, cuando niega el hecho de que el imperialismo es una nueva etapa del capitalismo y habla de la “hegemonía absoluta” del liberalismo.

La burguesía utilizó los “derechos y libertades individuales” en el período liberal de libre competencia contra el feudalismo para ganarse a las clases trabajadoras y consolidar las bases materiales del capitalismo. Sin embargo, en la etapa monopolista, utiliza estas “libertades” como un “velo” y como un instrumento para minimizar su hegemonía. Inclusive, a partir de estos desarrollos, Wallerstein llega a la conclusión de que “democracia y liberalismo” son “muy adversos”.

Argumenta que “la democracia y la igualdad tienen una conexión fija”, y define el liberalismo sobre la base de un concepto abstracto de “democracia” que él construyó en su mente. Sin embargo, en algún sentido la burguesía no tenía quejas contra la “democracia liberal”. Lo que también es discutible es su concepto abstracto de “igualdad” que formuló con una negación del carácter determinante de las condiciones materiales de vida. Por ejemplo, Wallerstein dice que la diferencia entre la burguesía y la clase trabajadora no debe ser “exagerada” en la cuestión de quién debe dirigir la lucha por el derecho a la libre determinación. Sabiendo esto, uno se pregunta dónde coloca la eliminación de la explotación de clase en la relación que establece entre “democracia” e “igualdad”, o si lo que él llama “igualdad” se realizaría cuando las clases aún existan.

Se entiende que en la visión de Wallerstein sobre la “igualdad”, la erradicación de la explotación es un detalle insignificante, ¡al igual que en la cuestión de la clase! ¿Prevé una aparente igualdad formal, como la que se puso en práctica entre la aristocracia feudal y la entonces “joven” burguesía cuando se levantaron ciertos privilegios como las extorsiones, o una igualdad en el sentido de que las clases serían erradicadas? En la democracia burguesa, como una forma de estado burgués, la “igualdad” es algo formal, al igual que la democracia, y es un velo para la protección de los intereses burgueses, principalmente la hegemonía del capital sobre el trabajo. En este sentido, la democracia burguesa es, de hecho, una “dictadura” en un gran sector de la sociedad, pero la democracia de la clase obrera (dictadura proletaria) es la democracia para la clase obrera y de las capas trabajadoras, mientras que es una “dictadura” para la burguesía cuya hegemonía en el Estado burgués y en las relaciones de explotación son erradicadas. Por lo tanto, a pesar de sus palabras aparentemente agradables, Wallerstein vive en un país de ensueños con sus concepciones equivocadas, si no cubre el hecho de que con objetivos burgueses la democracia es una forma de estado y tiene un carácter de clase.

En la etapa imperialista, la “democracia liberal” es significativa en la eliminación de obstáculos ante la clase burguesa para su explotación, expansión y fuerza monopolistas. Los principios del presidente de los Estados Unidos Wilson sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, presentados en enero de 1918, deben evaluarse en este marco. Al igual que en su etapa liberal (libre competencia) cuando el capitalismo necesitaba “individuos libres” que vendieran su fuerza de trabajo (que es, de hecho, una condición sine qua non para la acumulación de capital, que es la razón de ser del capitalismo), lo que se necesitaba después de la Primera La Guerra Imperialista de Redivisión fue “el derecho de las naciones a la autodeterminación” como una forma de redivisión de los países derrotados por los países imperialistas victoriosos. En otras palabras, bajo el disfraz de “libertad de autodeterminación”, las naciones bajo el yugo de otros, como el Imperio Otomano derrotado, se abrieron al saqueo de los imperialistas victoriosos y a la redivisión por parte de los vencedores. En este sentido, lo que Wallerstein llama el principio wilsonista del “liberalismo” “en defensa del derecho a la autodeterminación de las regiones periféricas y semiperiféricas del sistema mundial” fue, de hecho, concebido y funcionó como un principio del expansionismo imperialista durante y guerra postimperialista. A expensas de acusar a Lenin y al socialismo con el liberalismo, con su defensa del wilsonismo, la posición de Wallerstein es clara: cubrir el expansionismo imperialista.

Lo que también está claro es que el marxismo-leninismo defiende el derecho a la autodeterminación como un derecho democrático de la nación oprimida contra el yugo imperialista y contra las represiones de la nación opresora, y lo considera una contribución para fortalecer las posibilidades de la lucha por el socialismo, derribar los muros nacionalistas a través de la igualdad de derechos de las naciones y allanar el camino hacia el avance de la conciencia de clase y la lucha de la clase trabajadora como clase internacionalista. Además, en tales condiciones donde la clase trabajadora está en el poder (socialismo) en cualquier parte del mundo, la defensa de este derecho fortalecería el socialismo y la solidaridad entre las naciones oprimidas, y debilitaría el frente imperialista.

En resumen, para el marxismo–leninismo, el derecho a la autodeterminación, con el objetivo de prevenir el expansionismo imperialista y levantar las barreras en la lucha de la clase obrera por un mundo libre de explotación, es completamente diferente a los principios de Wilson con su esencia imperialista. De hecho están al servicio de dos objetivos distintos. Sin embargo, si, como Willerstein, no se ve el carácter de clase de la democracia y la conexión entre la ideología y el modo / las relaciones de producción, no se vería ningún daño al equiparar el wilsonismo y el leninismo con solo mirar sus palabras sobre el derecho a la autodeterminación, y al afirmar que no hay necesidad de “exagerar” las diferencias entre los dos.

Además de la cuestión de quién encabezará el movimiento nacional (la burguesía y su partido nacional o la clase trabajadora y un partido de tipo bolchevique), otra diferencia que Wallerstein sugiere no ser “exagerada”, es la cuestión de qué camino debe tomar la lucha por el derecho a la autodeterminación: ¿el camino “conciliador”; o el camino “revolucionario”? Habiendo recibido elogios especialmente de los movimientos nacionales conciliadores, lo que Wallerstein sugiere que no es importante y que no debe ser “exagerado”; es, en relación con el debate sobre a quién dirige el movimiento, y cuándo no es posible detener el movimiento nacional de la nación oprimida, la cuestión de si esta “autodeterminación”; debe convertirse en un instrumento para volver a conectar a la nación oprimida con el sistema imperialista-capitalista o para que sea un instrumento para liberar a la nación oprimida del yugo imperialista y establecer un poder popular revolucionario-democrático. Si la lucha entre la clase obrera y la burguesía no es significativa y, por lo tanto, la cuestión de quién dirige la lucha por la “autodeterminación” se vuelve insignificante, y si el sistema capitalista se considera un destino absoluto, entonces, por supuesto, la diferencia entre este derecho que se utiliza para volver a conectar a la nación oprimida con el sistema imperialista–capitalista a fin de continuar con la esclavitud nacional, y para avanzar hacia el socialismo a través de una línea democrático-revolucionaria.

 

III.

 

¿Está el leninismo para el “desarrollo nacional”? Como Wallerstein niega la etapa imperialista del capitalismo (y la ley del desarrollo desigual) llega a la conclusión de que sí. La ley del desarrollo desigual, en conexión con el desarrollo de las contradicciones del sistema imperialista mundial, crea las condiciones para que la revolución se desarrolle en los eslabones débiles del imperialismo. La revolución soviética es el ejemplo más típico. Considerar el intento de construir el socialismo en un solo país —como si fuera una preferencia—, como pro “desarrollo nacional”, como lo hizo Trostsky, no es más que una sumisión al expansionismo imperialista, bajo el disfraz de una retórica “revolucionaria” como la “revolución permanente / revolución mundial”. Como resultado de la ley del desarrollo desigual cuando surgen las condiciones revolucionarias en un país “avanzado” o “menos avanzado”, en términos del nivel de desarrollo capitalista, de la cadena imperialista, ¿qué haría el proletariado de ese país? ¿Esperarían a que ocurriera la “revolución mundial” antes de moverse o tomarían el camino de tomar el poder y avanzar en las perspectivas de lucha de la clase trabajadora y los pueblos oprimidos contra el sistema imperialista–capitalista a escala mundial en el mundo, camino hacia la victoria final del socialismo?

Sacar una conclusión de “desarrollismo nacional” del socialismo muestra que Wallerstein tiene una visión distorsionada de “nación”, ya que la nación es “una categoría histórica” que surgió en los albores del capitalismo. Para la burguesía, “nación” significa, sobre todo, el control sobre las tierras donde se formó esta categoría histórica, es decir, su propio mercado. Sin embargo, después de ejercer este control, el concepto de “nación” se convierte en un instrumento para que la burguesía oculte su explotación y sus deseos expansionistas. La clase dominante burguesa presenta las relaciones de explotación establecidas en sus estados y sus deseos imperialistas expansionistas de ser parte del “interés nacional”.

Una de las diferencias fundamentales entre el leninismo y los partidos social chovinistas de la Segunda Internacional, que fueron a la guerra en apoyo de su propia burguesía en la Primera Guerra Imperialista de Redivisión, fue que el partido revolucionario de la clase trabajadora (Partido Bolchevique) rechazó la noción de “interés nacional” y de hecho la expuso como el interés de la burguesía. El Partido Bolchevique respondió a las políticas de guerra expansionista imperialistas de la burguesía rusa con el lema “una guerra civil revolucionaria”. El partido marxista–leninista defiende los intereses internacionales de la clase obrera en lugar del “interés nacional” de la burguesía, y lleva a cabo su lucha sobre esta base. Aquí, llega al mismo punto: cuando surge la oportunidad de tomar el poder en uno o más países, la clase obrera puede aprovechar esta oportunidad para romper la cadena capitalista imperialista y usarla para la victoria final del socialismo, o aceptar la derrota de antemano para la “revolución mundial” y someterse a la explotación y expansión capitalista imperialista. (Otra opción para este último camino es, si se tomó el poder pero la revolución no estalló en otros países, ser aventurero e intentar seguir orden alto para expandir la revolución; pero sabemos que Wallerstein no hizo tal sugerencia, pues él considera incluso que la diferencia entre la burguesía y la clase obrera está sobredimensionada!) Por lo tanto, para el marxismo–leninismo, la lucha de la clase obrera para tomar el poder en uno o más países y construir el socialismo es una nueva dimensión de la lucha de clases entre la burguesía y la clase obrera en la era capitalista imperialista. Sin embargo, una construcción socialista en tales condiciones no significa una victoria final del socialismo, sino que significa que la continua lucha de clases conlleva el peligro de una “reconstrucción” (del viejo sistema).

Como la prueba más importante del “desarrollismo nacional” leninista, Wallerstein señala a la consigna de Lenin “El comunismo es igual a soviets más electrificación”. Como para él la pregunta de qué clase tiene el poder es un detalle insignificante, omite los “soviets” y se concentra en la electricidad. Sin embargo, los soviets son un instrumento de la democracia de la clase obrera y su condición sine qua non.

El sistema soviético se basa la organización del pueblo en asambleas en sus lugares de vida y trabajo y en su participación en los procesos de gobierno a través de estas organizaciones. A este respecto, los soviets son un instrumento de la democracia en completa oposición a la democracia burguesa que solo implica que la gente vaya a las urnas en ciertos momentos, y que la burguesía utiliza para cubrir las relaciones de hegemonía y explotación. Los soviets surgieron como un modelo de organización para la clase obrera y los trabajadores en condiciones de levantamiento, y se convirtieron en un “órgano de poder” bajo el dominio de la clase obrera. En este sentido, es una forma “específica” de la democracia obrera. Los obreros y los trabajadores eligen y responsabilizan a sus representantes, así el sistema soviético se basa en la eliminación de las condiciones de explotación por parte de la burguesía y la formación de una “nueva vida”, que representa la forma más avanzada de democracia con su principio “de cada uno según su capacidad a cada uno según su contribución”.

Por esta razón, el “desarrollo” en la Unión Soviética no es nacional; si tenemos que hablar de un “desarrollo”, entonces es uno en una tierra donde involucra a la clase obrera, que es una clase internacional, que toma el poder y se da cuenta de la eliminación del orden de explotación burgués. En otras palabras, este “desarrollo”, que también es un progreso económico, adquiere sentido, en esencia, con la construcción de la economía socialista como una transición a una sociedad comunista, libre de clases y explotación, y no solo con la liquidación de la burguesía rusa, sino también como pilar de la lucha de la clase obrera contra el orden internacional imperialista–capitalista.

De hecho, esta es la razón del cerco y los ataques multilaterales contra la Unión Soviética por parte del sistema imperialista–capitalista desde que la clase obrera tomó el poder en 1917. En otras palabras, no es el “desarrollo nacional” de la URSS lo que impulsó los ataques capitalistas imperialistas, sino el hecho de que la clase obrera eliminó las condiciones para la explotación burguesa en esa parte del mundo en particular, lo que representó una amenaza para la burguesía en su conjunto. Por lo tanto, la primera parte la consigna de Lenin “Soviets + electrificación” se refiere a la democracia de la clase trabajadora (y su dictadura sobre la burguesía), mientras que la última se refiere a la producción y construcción socialista contra la burguesía que había perdido el poder, pero que todavía era muy resistente y, por supuesto, al “avance / desarrollo”, a la clase obrera y a los trabajadores que establecen un orden económico libre de explotación.

Sin embargo, Wallerstein omite la parte de qué clase dirige este “desarrollo” y con qué propósito, y declara que el leninismo es “desarrollista nacional” sobre la base de un “desarrollo” que tuvo lugar en la URSS, donde la clase obrera había tomado el poder. Incluso, las respuestas a las preguntas de quién dirige este “desarrollo” y con qué propósito determinan la dirección de este desarrollo y explican su posición frente a la explotación del trabajo humano y de la naturaleza.

Para concluir, en la era del imperialismo y las revoluciones proletarias, no solo el “liberalismo”, que es un velo para el expansionismo imperialista, y el leninismo, que es la teoría de la revolución proletaria, tienen dos caminos diferentes, sino que tienen también dos visiones completamente diferentes del futuro. Sin embargo, si uno deja de lado las leyes de desarrollo de la sociedad y la lucha de clases y usa un método de análisis, con un pie sobre la retórica y el otro sobre los hechos (como en el caso de igualar la retórica del liberalismo y el leninismo sobre autodeterminación y políticas sobre el “desarrollo”), uno podría comparar el leninismo con el liberalismo y encontrar la posibilidad de distanciarse de la idea leninista de revolución y el poder, y sacar la conclusión de que no hay diferencia entre el mar y la atmósfera porque ¡ambos contienen oxígeno!

Ali Jellouli
Partido de los Trabajadores de Túnez

Septiembre de 2019

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