España | La crisis imperialista y nuestras tareas en el movimiento sindical

Las grandes potencias imperialistas comienzan una guerra comercial y se preparan para una confrontación abierta en todos los órdenes. Los cambios se producen a una velocidad acelerada y la confusión domina en el ámbito político. El capitalismo encadena una crisis con otra y se adentra a marchas forzadas en una nueva cuando no han terminado los efectos de la anterior. Las profundas contradicciones que se iban desarrollando a lo largo de las últimas décadas, estallan ahora y afectan a todos los sectores.

El abandono del leninismo y la renuncia a los objetivos revolucionarios por parte de la mayoría de organizaciones comunistas dio paso al desarrollo del revisionismo moderno y su extensión en el campo de los comunistas. El triunfo de las tesis revisionistas trajo como consecuencia que la pequeña burguesía pasara a dominar el campo popular.

La cuestión es que el imperialismo, como decimos, avanza a pasos de gigante hacia una confrontación entre sus principales potencias hegemónicas, lo que sacude la vida política en todos los Estados y provoca una verdadera catástrofe social cuyas consecuencias estamos solo comenzando a ver. Y en estas circunstancias el campo de los comunistas se encuentra debilitado para asumir la dirección de las luchas, debilitado no solo en un sentido numérico, sino especialmente en el sentido ideológico pues en él de momento domina la confusión.

Tras la victoria de las tesis revisionistas en la mayoría de los viejos partidos comunistas, el proceso de degeneración ideológica de estas formaciones no ha hecho más que crecer. A su vez, el “postmarxismo”, dio paso a teorías aberrantes que niegan el carácter central de la lucha de clases, hacen énfasis en las reformas sin poner en cuestión el sistema imperialista y fomentan reivindicaciones parciales como eje de la lucha de las personas por la emancipación. El surgimiento de tendencias nacional populistas (en España, Podemos, en Grecia, Syriza, en Latinoamérica el bolivarianismo, etc.) ha sido la conclusión final de este largo proceso de degeneración ideológica y política.

El culto a la “diversidad”, los conceptos evanescente, la degradación de las formas de organización con el culto al liderazgo, el desprecio a la vida colectiva y la sustitución de la participación efectiva de los militantes en la vida política de las organizaciones por la realización de “primarias”, consultas virtuales, etc., son las formas impuestas por estas corrientes burguesas que han contribuido a separar al proletariado de la organización.

Se trata de ver cómo afrontar esta situación, de qué armas dispone la clase trabajadora para hacer frente a un combate para el que hoy está peor preparada. Por eso, una de las cuestiones más relevantes en el inmediato futuro a la que debemos hacer frente con determinación los comunistas es la de superar las serias limitaciones de las estructuras orgánicas que pueden permitir al proletariado hacer frente a las convulsiones por venir, unificar sus luchas inmediatas y objetivos, y prepararse para una confrontación política en un estadio superior.

Y entre estas estructuras orgánicas, la prioritaria son los sindicatos, por ser en la actualidad el principal instrumento de que disponen los trabajadores para afrontar la pelea inmediata por mejorar sus condiciones de trabajo o evitar al menos que empeoren como está ocurriendo.

En España, la descomposición del revisionismo está afectando profundamente al sindicalismo. Pero, como en el resto de países, también le afectan los cambios que tienen lugar en el propio proceso de producción imperialista. Cuando más centralizado está el proceso de producción de bienes y servicios bajo el control de un puñado de multinacionales cuyas redes se extienden por todo el mundo y monopolizan economías nacionales, la relación entre los diversos sectores de la cadena productiva se vuelve más difusa, lo que, junto a los avances en el proceso de producción y distribución debidos a la mejora de la técnica y el desarrollo de la informática y la robotización, contribuye a abaratar la fuerza de trabajo e incrementar la competencia entre trabajadores.

Todos estos y otros factores, traen como consecuencia que los grandes sindicatos de clase se estén debilitando, pierdan afiliación aunque no en modo significativo en todos los casos, y pasen a estar férreamente controlados por los sectores de la aristocracia obrera dominantes en la gran empresa y el sector público, aquellos que por estar menos dispersos tienen mayor facilidad para aprovechar las normas sobre representación sindical que dan base a los acuerdos sobre derechos y recursos sindicales suscritos con patronales y Administración Pública: delegados, permanentes, etc., que sustentan el aparato sindical.

Es, pues, la aristocracia obrera la que controla el aparato y dirige la acción sindical utilizando el sindicato para defenderse de la constante presión de la patronal y sus representantes políticos que paso a paso vienen limitando los derechos de toda la clase. Esto ocurre, además, cuando los sectores con mayor crecimiento en la composición orgánica de la clase trabajadora, son precisamente aquellos que se encuentran desarmados frente a la patronal: precarios, trabajadores de servicios no ligados a la producción, jóvenes, inmigrantes, etc.

Esta contradicción entre la necesidad de reforzar la organización de la clase trabajadora como tal y su estructura orgánica real claramente centrada en los sectores donde domina la aristocracia obrera está provocando una lucha durante muchos años sorda pero que crece en los sindicatos de las grandes economías capitalistas.

Por otra parte, existe y cada vez se expresa de un modo más diáfano una íntima relación entre la crisis del movimiento sindical y la crisis no menos profunda del movimiento político en el campo popular.

El sindicato es fundamental para articular la unidad de la clase sobre todo en momentos como los actuales en los que la presión de la oligarquía imperialista amenaza con provocar un verdadero drama social en todo el mundo, incluidos los países económicamente más avanzados. Pero, este alejamiento de parte de nuestra clase de su organización primaria ha traído como consecuencia que el imperialismo haya aprovechado la debilidad del sindicato para profundizar en su política de ajustes. De modo que los sectores más organizados, aquellos que por su mayor concentración pudieron desarrollar con más eficacia la lucha sindical para arrancar paulatinamente parcelas de representación institucional, vienen sufriendo también en los últimos años una fuerte ofensiva por parte de la patronal y los gobiernos que les va aislando paulatinamente y separándoles del grueso de la clase. Las diversas reformas y contrarreformas laborales, la concentración en un puñado de empresas del grueso no solo de la producción sino también de la prestación de servicios, incluidos los públicos,  ha ido debilitando el principal instrumento de organización de los trabajadores en la pelea diaria por vender su fuerza de trabajo en las condiciones más favorables; un tipo de organización que ha permitido entrenarse al proletariado en tareas de mayor trascendencia y ha preparado a los sectores más conscientes y combativos para la lucha política.

Hay datos que son incuestionables. En España, desde que se iniciara la última crisis capitalista, el brutal ajuste de empleo supuso el despido de más de tres millones de trabajadores, muchos de ellos de grandes empresas industriales y financieras. Tras una oleada de leyes (ninguna de ellas derogada todavía por el Gobierno en funciones del PSOE) que recortaron derechos laborales y sociales, abarataron y facilitaron el despido, se hablaba los últimos meses de un nuevo periodo de recuperación del empleo (eso sí, más precario y con mucho peores condiciones, hasta el punto de que más de un 20% de los trabajadores con empleo son pobres).

Pero esa tendencia ha cesado. A lo largo de 2.019 se anuncian o están en marcha numerosos Expedientes de Regulación de Empleo, EREs que afectan a grandes empresas, sobre todo de los sectores de banca (que a lo largo de la crisis perdió más de 85.000 empleos), energía. Industria y telecomunicaciones. Una larga lista de grandes empresas: Banco de Santander, Caixabank, Naturgy, Vodafone España, Airbus, Cemex, Endesa, Alcoa, Ford, etc anuncian despidos y ajustes muy duros, que en algunos casos pueden afectar al 40% de las plantillas.

De hecho, gran parte de la actividad sindical se limita a la negociación de estos EREs para reducir su alcance y mejorar las estipulaciones pactadas para los despidos respecto de las que tienen el resto de trabajadores, que a partir del inicio de la crisis en 2008 sufren unas condiciones de despido mucho peores.

La ofensiva contra los sectores con mayores posibilidades de defensa en la empresa, va acompañada de (y a su vez promociona) una mayor dispersión de los trabajadores, incluso en el ámbito de una misma gran empresa, mediante la externalización y subcontratación de servicios, etc. que dificulta aún más unificar las luchas contra la patronal y refuerza las tendencias corporativas.

La cuestión, por tanto, es que conforme la globalización ha creado el mercado mundial y generalizado la competencia entre trabajadores, conforme se han ido debilitando los instrumentos para unificar y organizar sus luchas, los gobiernos han ido limitando con sucesivas reformas legislativas, no solo los derechos laborales singulares, sino los de representación y defensa jurídica de los trabajadores frente al patrón.

Inicialmente, conforme la globalización imperialista iba extendiendo la precariedad y debilitando la concentración de trabajadores en grandes empresas, en un proceso paralelo al de degradación política del campo político revisionista (a lo largo de los años 80 y 90 del pasado siglo), la respuesta de muchos cuadros sindicales fue crear sindicatos de empresa de retórica radical pero práctica corporativa. Ninguno de los ensayos posteriores de agrupar estos sindicatos ha dado fruto. El surgimiento de Podemos, dio paso al último intento de constituir una organización sindical alternativa, Somos CCOO, que aprovechando el escándalo de las denominadas “tarjetas black” de Caja Madrid que salpicó a varios representantes políticos y sindicales que formaban parte del Consejo de Administración de esa entidad financiera, pretendía ser una alternativa a la crisis de este sindicato. Tuvo una vida breve.

En España, las sucesivas reformas, iniciadas por cierto con particular dureza por los gobiernos social liberales de Felipe González a mediados de los ochenta, han ido generalizando la rotación en el trabajo, el empleo precario y pobre sobre todo entre los jóvenes, mujeres, inmigrantes y mayores de 50 años, lo que, insistimos, ha contribuido a alejar de la organización sindical a estos sectores que crecen en número y proporción en la composición orgánica de la clase trabajadora.

La ideología de la pequeña burguesía ha terminado siendo dominante en el campo popular tras el triunfo de las tesis revisionistas. Una ideología que no cuestiona el modo de producción imperialistas sino únicamente sus “aristas”, como si estas no fueran consustanciales a él, y que busca, en consecuencia, un imposible: modular las cada vez más agudas y evidentes contradicciones del sistema capitalista sin superarlo y mejorar dentro de él su posición respecto de las oligarquías nacionales que cuentan con todo el poder del Estado y se aprestan a utilizarlo para descargar sobre las otras clases las consecuencias de la crisis, al tiempo que comienzan a pelear entre sí por mantener su status en la economía internacional frente a sus competidores.

Este proceso se ha ido desarrollando paulatinamente a lo largo de los últimos decenios, ligado, insistimos en ello, al abandono de las posiciones revolucionarias por parte de las fuerzas revisionistas la mayor parte de las veces dominantes en el seno de la estructura de dirección sindical. Conforme las contradicciones se desarrollaban, se iba agudizando la tensión en el interior de las grandes organizaciones sindicales. Se trata en la mayor parte de las ocasiones de un conflicto soterrado, aunque a veces haya tenido una repercusión importante, como el que ha enfrentado al sector crítico con la mayoría oficial de la dirección de CCOO desde hace más de 20 años y que aún perdura a pesar de la retirada de sectores de la aristocracia obrera de militancia revisionista de la pelea contra las posiciones reformistas.

Esta confrontación, conforme se recrudece la crisis capitalista va extendiéndose aunque no llegue a expresarse en los Congresos claramente, entre otras cuestiones por la falta o insuficiencia de una dirección política de las corrientes de oposición de clase en el interior de los sindicatos que facilite su unificación y coordinación.

Lo que decimos, no solo ocurre en España; en otros países empieza a darse la confrontación, incluso con más claridad, al menos aparente. Este mismo año, el debate se ha dado en el Congreso de la CGT francesa celebrado en mayo (conviene recordar que este sindicato tenía en 1975 2,4 millones afiliados y ahora poco más de 650.000). Su Secretario General, Philippe Martínez, señalaba: Los chalecos amarillos que reúnen a mujeres, jubilados, asalariados de pequeñas empresas, precarios, son el reflejo de nuestros desiertos sindicales.

Algo parecido sucede en Italia, donde el actual Secretario General de la CGIL, Maurizio Landini, elegido en su congreso de enero pasado, señalaba hace dos años en una entrevista:

“…Todas las organizaciones de representación social… están en crisis… Nada será ya como antes. Nunca como ahora tenemos tanta precariedad en el trabajo, tanta desigualdad, tanta fragmentación social, tanta competencia entre personas. Y, por otra parte…, no existe ya un punto de vista del trabajo, una visión alternativa de la sociedad, al contrario predomina el punto de vista del mercado y de las finanzas…el sindicato… debe dotarse de un modelo social de referencia…el sindicato debe representar y unir a todo el mundo del trabajo.

Esta lucha se traduce de momentos en términos formales y organizativos, en determinadas propuestas sobre la necesidad de reforzar la estructura territorial frente a la federal o sectorial y la negociación colectiva por sectores frente al convenio de empresa, como formas más adecuadas de agrupar a los sectores del proletariado dispersos. Propuestas que en la mayor parte de los casos se limitan al debate retórico y tienden a diluirse si no se articulan de forma coordinada por causa de las urgencias inmediatas del aparato.

En España, hasta ahora, para hacer frente a este aislamiento creciente del sindicato respecto de los sectores más débiles, el aparato se ha limitado a desarrollar un proceso de fusiones, en ocasiones sin otro criterio que poner su dirección en manos y bajo el control de las federaciones que disponen de más medios pactados con la patronal y el gobierno de turno (Las Federaciones de Banca y Servicios, con las de Hostelería y Comercio, por ejemplo). Este proceso ha permitido mejorar coyunturalmente el control de las diversas estructuras del sindicato al objeto de utilizarlas en un sentido corporativo, pero agudiza al tiempo las contradicciones internas entre las distintas familias y sectores en disputa.

Podemos sintetizar señalando que, el surgimiento y consolidación del revisionismo ha traído como consecuencia la despolitización, dispersión de objetivos y desmoralización del proletariado, y se ha trasladado al campo sindical provocando una profunda crisis cuyas características sintetizadas pueden ser estas:

Dominio de la aristocracia obrera en el aparato sindical que practica un corporativismo a la defensiva: renuncia a la pelea política en campos que no sean estrictamente la negociación colectiva, abandono de los sectores más golpeados por el capitalismo imperialista que sufren durísimas condiciones de empleo y bajos salarios y no encuentran cauce en la estructura sindical para la defensa de sus intereses inmediatos lo que les lleva a despreciar la organización, crisis de la propia organización sindical en la medida en la que la dispersión debilita la efectividad de la acción sindical y favorece la aplicación de la política de la empresa, etc.

Esta situación es percibida por muchos cuadros sindicales que van entendiendo que de no actuar con urgencia y firmeza, la clase obrera corre el riesgo de un retroceso de más de un siglo que puede colocarla en una situación extremadamente difícil en la coyuntura de crisis económica, política y social que vive el imperialismo.

Cada vez más afiliados y cuadros sindicales son conscientes de la gravedad del problema y de la urgencia de afrontarlo con decisión, lo que no significa necesariamente que la solución esté más cerca, pues cada vez en mayor medida la debilidad orgánica de los comunistas se constituye en un factor determinante.

De hecho, debemos reconocer que en el campo comunista sigue existiendo un cierto desprecio a la tarea con la excusa de la institucionalización de los sindicatos, el férreo control que ejercen sobre ellos un aparato  en ocasiones cerril, reaccionario y brutal, el menosprecio que existe en no pocos sectores de trabajadores (precisamente los más golpeados por el sistema) hacia la militancia sindical que se percibe como inútil, la actitud radicalmente oportunista de algunas fuerzas que se declaran comunistas pero defienden posiciones políticas abiertamente revisionistas y derrotistas y en lo que hace al trabajo sindical mantienen una actitud ultra radical y  anarquizante fomentando las formas más difusas de organización y menospreciando los grandes sindicatos por el carácter “burgués” de su dirección.

Este error también nos afecta directamente. Esa es la razón de que nuestro partido celebrase el pasado año una Conferencia sobre el Movimiento Obrero en la que se trataron todas estas cuestiones. El refuerzo de las organizaciones permanentes que agrupan al proletariado, y de modo particularmente urgente de los sindicatos es uno de nuestros objetivos prioritarios. No vale esperar tiempos mejores. Es ahora cuando tenemos que implicarnos en el desarrollo y consolidación de las secciones sindicales y en la discusión política que se está dando en el seno del sindicalismo de clase, precisamente porque su deriva reformista pone en peligro su propia existencia.

En Francia, a mediados de septiembre, se ha desarrollado una importante huelga en el sector del transporte contra la reforma del sistema de pensiones que quiere imponer el Gobierno Macron. Probablemente sea el inicio de una campaña de luchas de más largo aliento.

Al escribir este artículo, aún no está claro si en España se llegará a formar un gobierno social liberal o habrá elecciones anticipadas el próximo noviembre. Cualquiera que sea el caso, el gobierno en funciones y su líder, Pedro Sánchez, han dejado ya claro que cambiarán algunos aspectos particularmente duros, pero no derogaran las brutales reformas laborales impuestas por el PP (menos aun las aprobadas por su propio partido, el PSOE). Crece, además, la campaña de propaganda institucional para una reforma de las pensiones que vaya más allá de los recortes pactados con las direcciones de CCOO y UGT en 2011 y los impuestos por Rajoy durante su gobierno. El sentido regresivo de estos recortes ha sido justificado como inevitable incluso por algún responsable sindical (es el caso de Carlos Bravo, ex empleado del principal banco español, el Santander, dirigente en su día de la federación de Banca, hoy en la dirección Confederal de CCOO y firmemente comprometido en la tarea de recortar las pensiones).

El campo político se mueve en una gran confusión, las distintas fuerzas de la burguesía toman posición en los distintos ámbitos tanto nacionales como internacionales en los que se define su futuro inmediato. Las dos grandes fuerzas que se han turnado hasta ahora en el Gobierno dirigiendo los sucesivos planes de la oligarquía que han desindustrializado el país y debilitado su estructura económica hasta colocarla en el furgón de cola de la OCDE en el caso de tener que hacer frente a una crisis como la que se avecina, trabajan con la ayuda de nuevas fuerzas de la derecha cada vez más escoradas hacia el fascismo por reforzar el régimen surgido de la transición para dejar intactos los elementos determinantes del régimen franquista.

Las diversas fuerzas revisionistas y reformistas continúan inmersas en la más completa confusión, proponiendo programas que tienen en común el no poner en cuestión el sistema imperialista y los compromisos del Estado monárquico con el bloque en el que se ubica, ni el propio régimen surgido de una transición que ha condicionado y sigue haciéndolo de manera determinante el constante deterioro del clima económico y político. Esta es la situación y nada indica que vaya a modificarse sustancialmente en los próximos meses.

Pero la crisis va a agudizar hasta el extremo las contradicciones. Llueve sobre mojado, los problemas que afrontan las clases populares y, en particular los trabajadores españoles, van a agudizarse. Y eso, más temprano que tarde traerá como consecuencia una radicalización de la vida política y de la lucha.

Los comunistas debemos avanzar con decisión en la articulación de la unidad popular. Los elementos más conscientes de la clase obrera empiezan a darse cuenta de lo que está en juego, aunque la sensación de debilidad sea hoy un factor negativo que dificulta en extremo el dar pasos efectivos en ese sentido, debemos perseverar en la tarea de configurar una alternativa táctica unitaria.

Y debemos hacerlo con la firmeza ideológica que la situación requiere. La experiencia de estos años, nos enseña que ignorar los aspectos determinantes de la lucha popular y su orientación hacia la ruptura con el régimen, solo lleva a la derrota antes de plantear batalla, porque las condiciones que se constituyeron como armazón de la unidad articulada en “las mareas ciudadanas”, venían precisamente a reforzar la dispersión entre los distintos sectores populares.

Y esto es válido también en el frente sindical. La pelea por recuperar a los sindicatos como herramientas útiles para articular al conjunto de la clase, compete a todos los sectores de ella. Quien crea poder salvarse de la ofensiva imperialista sin contar con el resto de la clase está condenado al fracaso.

Esa, la unidad, con claridad y firmeza; y el refuerzo de los sindicatos como instrumento primario de defensa de nuestra clase, son tareas urgentes que los comunistas tenemos ante nosotros.

 

Partido Comunista de España (Marxista–Leninista)

Septiembre de 2019

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