Francia | Sobre el movimiento de los «Chalecos Amarillos»

Iniciado el 17 de noviembre de 2018- un amplio movimiento social, que movilizó a miles de personas, portando chalecos amarillos, ocupó durante semanas los cruces de carreteras en provincias, se manifestó todos los sábados en las ciudades medianas y algunas grandes ciudades de provincias y Paris.

Ese movimiento ha evolucionado en el tiempo y continua todavía hoy pese a la gran represión que golpea los intentos de manifestación de los sábados. Los chalecos amarillos están hoy en las manifestaciones y actos sindicales, en las movilizaciones contra el «cambio climático», y sobre todo contra la represión judicial y policial. Mucho menos numerosos ya los sábados, casi ausentes de los cruces de carreteras que había sido la «marca» de su movimiento, permanecen sin embargo fieles a su símbolo, el chaleco; muchos han comprendido «que ellos solos no lograrían nada».

Las imágenes de violentos enfrentamientos entre centenares de «chalecos amarillos» y policías y gendarmes muy armados, el destrozo de almacenes en los barrios ricos de París, decenas de miles de manifestantes que gritaban «Macron dimisión», daban la impresión de tratarse de una «insurrección popular». Incluso hubo quien vio en ello un principio de «revolución» y lanzaron proclamas exaltadas a ponerse el chaleco amarillo, a dejar de lado las pancartas y banderas e integrarse en el movimiento con la esperanza de que de ahí nacería una «democracia ciudadana directa». La decepción está a la altura de sus ilusiones.

Este movimiento de los chalecos amarillos que ha suscitado mucha simpatía tanto en Francia como en otros países de Europa, plantea también cuestiones sobre su naturaleza, sus objetivos y perspectivas. Ha removido a las fuerzas políticas, las organizaciones sindicales y ha «sacudido» al gobierno. Ha cuestionado a Macron que rápidamente él, su función, su estilo, se ha ganado gran parte de la cólera de los chalecos amarillos.

 

La fulgurante aparición de un movimiento inédito

 

Partiendo del rechazo de un nuevo aumento de la tasa impuesta por el estado sobre los carburantes, este movimiento se extendió rápidamente por las redes sociales, a las zonas rurales y la periferia de las grandes ciudades. Con la generalización de la limitación de la velocidad en las carreteras departamentales, limitación acompañada de la colocación de un ejército de radares que sancionan automáticamente el exceso de velocidad con multas de centenares de euros, es esta nueva tasa que penaliza mucho al gasoil[1][1], la que ha sido el elemento que ha provocado este movimiento. Se ha beneficiado al principio de una gran cobertura mediática, concretamente de las cadenas de información continua y a través de las redes sociales sobre cierto número de «figuras» de ese movimiento, concretamente de mujeres solas con niños que tiene que hacer km en coche para trabajar, por salarios muy bajos y también de camioneros que generalmente son asalariados o pequeños patronos.

Desde el primer día de este movimiento nuestro partido lo ha analizado, primero para comprenderlo y después para trazar orientaciones de nuestro trabajo, teniendo en cuenta el hecho de que ese movimiento se desarrollaba en sectores y zonas donde el partido y su trabajo de masas está poco desarrollado —característica valedera para la mayoría de organizaciones políticas, sindicales y sociales de nuestro país. Nosotros caracterizamos el movimiento como sigue: el movimiento de los «chalecos amarillos», significa la entrada en la lucha social de sectores nuevos de las masas populares de las zonas rurales y de las periferias urbanas. Se trata de sectores de la pequeña burguesía, de obreros que trabajan principalmente en pequeñas y muy pequeñas empresas, poco sindicados, trabajadores pobres, artesanos, de profesiones liberales, de pequeños patronos… Todos ellos sufren las consecuencias de la política neoliberal llevada a cabo desde hace años por gobiernos de derechas y socio demócratas, política que Macron ha agravado y ampliado.

Este movimiento, a pesar de su heterogeneidad, sus confusiones y el trabajo de la reacción en su seno, es un movimiento popular, la clase obrera debe tenerlo en cuenta, en base a las justas exigencias populares que conlleva.

Nuestro partido ha trazado su línea de conducta y orientaciones para los sindicalistas y estructuras sindicales que influenciamos, y para el conjunto de los frentes de lucha: « trabajar principalmente en el movimiento obrero y sindical organizado para impulsar las reivindicaciones sociales y políticas sobre las cuales la más amplia unidad, incluidos los sectores obreros y populares de los chalecos amarillos, pueda llevarse a cabo y concretarse a través de las luchas, de las huelgas, manifestaciones (…). La brecha abierta por el movimiento de los chalecos amarillos ha de ser ampliada y la correlación de fuerzas debe ser reforzada mediante la huelga y la parálisis de la producción».[2][2]

 

Trabajar para que la clase obrera organizada haga suyas las justas exigencias que ese movimiento conlleva

Para eso hace falta combatir y vencer reticencias que se dan en el interior mismo del movimiento sindical «arrastrado» por ese movimiento radical a sus formas de lucha. No hablamos aquí de los reformistas que están a la cabeza de los sindicatos, cuya preocupación principal es la de no perder su estatus de interlocutores del gobierno y de la patronal. Hablamos de los numerosos sindicalistas que luchan desde hace años y que se sienten totalmente relegados, tanto por un movimiento que no quería nada con ellos como por la propaganda de los grandes medios, concretamente sobre el fin de los sindicatos.

Dada su composición heterogénea, la falta de tradición de lucha y de organización, la gran mayoría de hombres y mujeres que se pusieron el chaleco amarillo[3][3], símbolo de apuro, el movimiento apuntaba esencialmente contra Macron en tanto que jefe del Estado. El movimiento jamás ha acusado a la patronal, y menos aún al sistema capitalista. Como la misma patronal ha subrayado, «ninguna manifestación a tenido lugar ante la sede patronal». En los primeros meses de movilización, dominaba el rechazo de los partidos y de los sindicatos, calificados de «vendidos», tendencia que la extrema derecha, muy activa en las redes sociales y cuyos militantes llevaban el chaleco amarillo, apoyó ampliamente.

Ese rechazo fue durante cierto tiempo, un obstáculo importante para el movimiento sindical. Además de que ese rechazo podía tomar en ciertos cruces un carácter violento, estaba también presente en el clima general favorecido por el «macronismo», la patronal, los medios de comunicación, el descrédito del movimiento sindical; descrédito acompañado de contra reformas que han facilitado la explotación de los obreros y de los trabajadores y disminuido considerablemente las posibilidades de lucha de los sindicatos. Nos referimos a las leyes El Khomri y a las disposiciones de Macron[4][4] contra las cuales una parte importante del movimiento obrero y sindical han luchado durante meses.

Ante la radicalización de las acciones de los chalecos amarillos, que transformaban cada sábado una ciudad en zona de enfrentamientos muy violentos, Macron se ha visto obligado a retroceder sobre el problema de la subida de los precios del carburante, que estaba a la base de las protestas, dejándolo para más tarde. Igualmente ha debido diferir la subida de impuestos que afectaba a la gran masa de jubilados.

Estas medidas son retrocesos evidentes, aunque las cantidades anunciadas (11 mil millones) que representan a menudo una bajada de deducciones y que eso se hace sin tocar los beneficios de los monopolios[5][5]. Macron creyó que eso bastaría para detener el movimiento. No ha sido así. Es más, el movimiento obrero y sindical se ha vuelto a movilizar sobre el problema de los salarios, del SMIC, de las pensiones, con manifestaciones sindicales en las que los chalecos amarillos han empezado a participar. La gran patronal ha visto en ello un peligro «de contagio». Ha acudido a apoyar a Macron, al anunciar que «las empresas que puedan deberían hacer un gesto» en la forma de una prima de mil euros.

En este lio, Macron ha anunciado una falsa subida del SMIC. En realidad, esa subida está muy por debajo de la exigida por los sindicatos y el movimiento de los chalecos amarillos y la «prima» no ha sido de mil euros -salvo en el gigante Total- y no se ha dado a todos los asalariados, ni mucho menos. Los funcionarios concretamente, cuyos salarios son bajos para la mayoría de ellos, no han recibido nada a excepción de los policías.

Una vez hechas esas concesiones, Macron y el gobierno han anunciado que ya no había razones para manifestarse y la represión contra las manifestaciones de los sábados se ha incrementado considerablemente. Los heridos graves se cifran por centenares, las detenciones por miles. Se ha votado una nueva ley que en materia de manifestación introduce importantes limitaciones, la policía continúa utilizando armas de guerra, como el lanzagranadas conocido con el nombre de LBD, pese a que su prohibición ha sido pedida por numerosas organizaciones, las demandas judiciales contra los policías no prosperan nunca. Al contrario, los manifestantes, concretamente los jóvenes son a menudo duramente condenados.

Esta criminalización de la protesta social va mucho más allá del movimiento de los chalecos amarillos como se ha visto en Paris el 1º de Mayo de 2019, donde la policía ha cargado tanto sobre los grupos de chalecos como contra la manifestación sindical misma, manifestación que había justamente permitido a unos y otros manifestarse el mismo día y sobre el mismo recorrido. Los servicios de información se movilizaron para «la anticipación, el análisis y el seguimiento de los movimientos sociales.»

En un año el movimiento de los chalecos amarillos ha evolucionado, y las capas sociales, los estratos de la sociedad que se han lanzado a la calle, han hecho la experiencia de una lucha colectiva, de la fraternidad entre los abandonados por la sociedad, de la violencia de Estado a través de sus órganos de represión. Una parte tiene menos hostilidad sobre el movimiento obrero y sindical. Este último ha sido sacudido por la radicalidad del movimiento: como afirman numerosos sindicalistas, «han derribado ciertos prejuicios de nuestras cabezas como el del respeto a la legalidad, y han demostrado que la violencia de los manifestantes tiene legitimidad frente al Estado cada vez más policíaco».

No se puede negar que esas ideas influencian a numerosos sindicalistas que hoy se movilizan en los frentes de resistencia que se desarrollan en la sanidad, la enseñanza, o en las luchas por defender el sistema de pensiones.

La primera lección que sacamos en tanto que partido marxista leninista, partido de la clase obrera, es que la base objetiva de la revolución no cesa de ampliarse y que las capas que se han puesto en movimiento, a través del movimiento de los chalecos amarillos, forman parte de ella. Esto nos conforta y anima a seguir planteando la cuestión de la necesidad de la ruptura revolucionaria con el sistema capitalista imperialista, en los momentos de grandes convulsiones que se van a acelerar y amplificar, debemos proceder por saltos, dada la agudización de todas las contradicciones del sistema capitalista imperialista.

 

Septiembre de 2019

Partido Comunista de los Obreros de Francia

www.pcof.net

[1]         Los motores diésel que equipan a la mayoría de los vehículos de capas populares, es el resultado de una política gubernamental que durante mucho tiempo ha impulsado ese tipo de motor mediante una fiscalidad favorable sobre el diésel. Eso permitió a los monopolios franceses del automóvil, especializarse en ese tipo de motor y garantizar con ello una parte del mercado frente a la competencia de los vehículos de gasolina, más caros, de gama superior, concretamente producidos por los monopolios alemanes.

[2]         Extractos del documento «sobre la situación política y social en Francia y sobre el movimiento de los chalecos amarillos» del 13 de diciembre de 2018, enviados a los partidos de la CIPOML.

[3]         Llevar el chaleco amarillo, fluorescente es obligatorio para los automovilistas en caso de avería en la carretera. Es un símbolo de «apuro» del que se han apropiado los participantes en el movimiento, un símbolo que «une» por encima de la pertenencia social.

[4]         Estas dos series de leyes han liquidado el código laboral, el mismo para todos, para dar al patrón de cada empresa los medios de «negociar» acuerdos que cancelan los mínimos legales (tanto sobre los salarios, horario laboral.) y debilitar al sindicalismo de lucha. El movimiento contra la ley El Khomri ha durado meses con manifestaciones unitarias de prácticamente todas las centrales sindicales violentamente reprimidas.

[5]         La simbólica exigencia de reintroducir el impuesto sobre las fortunas (ISF) que Macron había suprimido nada mas ser elegido, no se ha cumplido. Es una clara demostración de la política de Macron «al servicio de los ricos, de los patronos y de los mercaderes de armas».

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